De todos es sabido que la mayoría de emprendedores tiramos más de intuición que de otra cosa, a la hora de arrancar cualquier proyecto. Y de hecho, la historia está llena de casos de éxito que dejándose llevar por su olfato para los negocios, han levantado verdaderos imperios. Pero claro, también es verdad que tal y como decía John F. Kennedy: «El éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano».

Con esto me refiero, y probablemente en contra de la creencia popular, que aproximadamente el 80 % de las empresas de nueva creación fracasan antes del primer año. Otra cosa es, que no sean tan sonados esos «aprendizajes» -como a mi me gusta llamarlos-, porque tal y como decía la cita anterior, se queden huérfanos.

Los motivos para alcanzar tan fatídica estadística son muchos, pero en mi opinión se pueden resumir en uno que los engloba prácticamente a todos: no tenían un modelo claro ni seguían ningún método. Y no me refiero al típico Business Plan ni nada de eso, ya que como bien dice un amigo mío, el Excel lo aguanta todo. Sino a un método que basado en la experiencia de otros muchos que han triunfado, nos ayude a minimizar nuestras posibilidades de «aprendizaje».

 

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Pues bien, la esencia de este método -que toma su nombre de la revolución del Lean Manufactoring que unos japoneses con un nombre muy raro desarrollaron para Toyota-, es diferenciar las actividades que aportan valor, de aquellas que lo que hacen es «derrochar» recursos. A partir de ahí, Toyota incorpora a sus cadenas de producción el sistema Just-in-Time que tan buenos resultados les ha dado.

 

[…] El mayor motivo de «aprendizaje» suele ser desarrollar productos/servicios que la gente realmente no necesita y por tanto, no está dispuesta a pagar por ellos.

 

El método Lean Startup adapta todo ese concepto al contexto del emprendimiento, a través del llamado conocimiento validado. Es decir, identificar esas fuentes de derroche de recursos, evitando así que las mismas arrastren al proyecto a la bancarrota. Para ello, utiliza un esquema de trabajo, tal como el gráfico que se muestra encima de estas líneas, que diferencia las siguientes fases de forma resumida y por su traducción al castellano:

1. Construir

Y aquí radica que el proyecto arranque bien desde el principio o no. Ya que por construir se refiere a plantear una hipótesis y validarla a través de lo que llama el MVI (mínimo producto viable), que no deja de ser más que un prototipo de lo que será el producto final, con objeto de invertir lo estrictamente necesario, hasta que se vea si esa idea o hipótesis es realmente válida.

2. Medir

Una vez desarrollado es MVI, se trata de medir a través de indicadores clave -que dependerán del tipo de negocio/producto- si realmente es rentable y tiene aceptación por los clientes. No en vano, el mayor motivo de «aprendizaje» suele ser desarrollar productos/servicios que la gente realmente no necesita y por tanto, no está dispuesta a pagar por ellos.

3. Aprender

Finalmente y en base a la experiencia que nos de esa medición y testeo de producto, se decide si pivotar el desarrollo hacia otras variables más acertadas, o descartarlo, dependiendo de dichos resultados.

Como decía, esto es una forma de simplificar mucho el método Lean, ya que esto es una metodología más completa y con mucha más chicha. No obstante, y para aquellos que estéis interesados en ahondar en el mismo, os recomiendo la lectura del libro The Lean Startup de Eric Ries, que está lleno de ejemplos y casos de éxito, que al menos a mi, no me han dejado indiferente.

 

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A modo de conclusión, podemos decir que el modelo Lean Startup se centra en eliminar todas las partes ineficientes del proceso que no aportan valor, y por tanto lo que hacen es encarecer el coste de producción o desarrollo. Es toda una filosofía ligada al mundo del emprendimiento, que cuando la integras en tu ADN como emprendedor, te cambia la visión y hace que te enfoques en lo realmente importante para cualquier negocio: actividades que generen valor y sean rentables.